martes, 4 de noviembre de 2014

ESPAÑA, PROTAGONISTA DE CADA FIN Y RENACIMIENTO DE LA HISTORIA.

A todos ustedes les dedico este breve repaso a nuestra historia.
Les ayudará a entender este momento



Dos regiones de la Tierra han sido elegidas por la historia para protagonizarla. Ambas tienen una mística especial, un papel único.

La primera sería el área del Creciente Fértil donde se encuentran la península del Sinaí, Palestina, Israel, Siria y el norte de Irak. Es aquí donde llegaron los primeros homo sapiens que salieron de África y donde por vez primera se encontraron con la otra raza humana conocida, los neandertales, y allí se hibridaron con ellos. Y fueron esos seres a los que el Sahara les cerraría las puertas impidiéndoles volver al paraíso, los que conquistaron el mundo e instauraron las primeras civilizaciones, y quienes iniciaron la historia del hombre. Y aún hoy, es en esta zona de la Tierra donde los tres principales grupos humanos conocidos: judíos, cristianos e islámicos, confluyen, rivalizan y se matan, como eterno recordatorio de nuestra naturaleza.

Si Mesopotamia es el inicio y la esencia, la otra elegida fue la Península Ibérica, protagonista de cada fin y renacimiento de la historia.

No exagero. Aquellos primeros homo sapiens que salieron de África llegarían antes a Oceanía, Asia y América que a Europa Occidental, terminando en nuestra España. Los conquistadores de Europa no solo lucharon contra el hielo y el deshielo, sino contra el otro grupo humano, los neandertales, esparcidos por todo el continente, tan inteligentes como ellos, y mucho más fuertes y con más tiempo de adaptación.

Aquellos hombres usarían lo que solo a ellos quiso dar la naturaleza, la imaginación y el arte, para adaptarse con rapidez a los drásticos cambios en su ambiente, y paso a paso robarían el terreno a los nativos neandertales. Finalmente entrarían a nuestra Península Ibérica, el último bastión de su enemigo, y allí librarían sus últimas batallas hasta llegar al sur de España, donde definitivamente aniquilarían a esa otra raza humana conocida, hasta hacerla desaparecer de la historia.

Aún hoy, se encuentra el ADN mitocondrial de aquellos primeros conquistadores europeos en pequeñas aldeas vascas, el U8 . Y dicen que fueron estos pobladores vascos los que desde España  poblarían Gran Bretaña e Irlanda compartiendo con ellos el mismo origen. Y fueron los pobladores ibéricos los que de nuevo entrarían en el norte de África, cerrando así el primer capítulo de la historia del hombre, la conquista de la Tierra.

Aquellos primeros pobladores peninsulares se mezclarían más tarde con otras tribus y pueblos que entraron a la península, produciendo las frecuencias genéticas que hoy compartimos todos en España, vascos, catalanes, gallegos y andaluces incluidos. Y por algún místico motivo, el destino les encargaría a los hispanos la tarea de cerrar y abrir cada capítulo de la historia de Occidente. 

No ha habido imperio europeo que se haya consolidado sin la conquista de Hispania, y ha sido la rebelión y pérdida de Hispania el fin de ese imperio.

Los fenicios le darían su nombre, i-spn-ya, hace 2.800 años, creando a lo largo de todo el levante español,
desde Cádiz hasta Cataluña, algunos de los puertos comerciales más importantes del Mediterráneo. Sus descendientes griegos, los Cartagineses, harían su imperio con la conquista de la mitad este peninsular, lo que llamarían Iberia, y desde allí Anibal entraría en la misma capital de la República Romana. Y sería la pérdida de Iberia al final de la 2ª Guerra Púnica, a manos del general romano Escipión, el fin del imperio griego. Poco más tarde caería el último reducto que quedaba de este, la ciudad de Cartago, desapareciendo el imperio cartaginés de la historia para siempre. 

La conquista de Iberia por los romanos marcó un punto de inflexión en la historia de Occidente. Desde entonces las antiguas civilizaciones mediterráneas pasarían al mundo moderno a través de Europa en lugar de África.

A los romanos les costaría solo 12 años expulsar a las fuerzas cartaginesas del levante español a finales del s. III a.c., pero emplearían dos siglos de interminables guerras para vencer a los pueblos del interior (celtíberos, lusitanos, astures, cántabros, etc.). Guerras extremadamente violentas y crueles, tras las cuales las culturas prerromanas de Hispania fueron casi por completo exterminadas. 

Decía el hispanista inglés Gerald Brennan que "como demuestra claramente la historia, España ha existido únicamente como nación cuando se sintió bajo la influencia de una gran idea o impulso; tan pronto como declinaba esa idea, los átomos de la molécula se separaban y empezaban a vibrar y a chocar unos con otros. Lo vemos por primera vez en tiempo de Augusto, cuando la civilización romana sometió a las belicosas tribus íberas. Apenas acabada la conquista, España hizo suya la idea de Roma, en una medida jamás lograda por la Galia, y automáticamente empezó a producir generales, emperadores, filósofos y poetas, hasta el punto de que Italia llegó a parecer una simple provincia de España”.

No le falta razón al autor.  A los romanos les costó sangre, sudor y lágrimas conseguir la unión territorial de los pueblos peninsulares, pero lo hicieron. A ellos les debemos el sentimiento que nos anexa, el sentirnos hispanos. Y con la unificación de nuestros pueblos construyeron el pilar de la historia de Occidente.

Del comportamiento de los átomos de la molécula hispánica, como decía Brennan, dependerá el comportamiento de toda la estructura de Occidente. Los romanos no solo harían una nación de la Península Ibérica, sino que en ella forjarían el alma de Europa. Como si de un campo de pruebas se tratase, la idea que con éxito uniese a los pueblos hispanos, de una manera u otra sería la idea con la que se construyese Occidente. La manera en la que España ha entendido el mundo, las condiciones de paz firmadas por ella, sus revoluciones, sus guerras, sus éxitos y fracasos, han ido cerrando y abriendo los distintos capítulos de la historia de Occidente, configurando con ellos el mapa político del mundo. Podríamos decir que Occidente se ha hecho como España le ha dejado hacerlo.
 
Así ha sido desde tiempos romanos. El fin de las guerras civiles en Hispania darían fin a la República Romana, proclamando el Imperio por César Augusto en el 27 a.C. Hispania proporcionaría al imperio dos de los llamados “Cinco emperadores buenos”;  Trajano y Adriano, y fue parte fundamental de este, ofreciéndole un enorme caudal de recursos materiales y humanos. Y de nuevo, la caída de Hispania implicaría el fin del Imperio.

Los mismos visigodos que saquearían Roma en el 410 d.C , se harían con el poder de Hispania y sur de Francia en el 418 d.C, habiendo destruido el Imperio Romano de Occidente para siempre. Comenzaría entonces una nueva era, la Alta Edad Media, en la que Europa ya no se identifica por el imperio romano, sino por su signo cristiano.

El Reino de los Visigodos se ubicaría en nuestra Hispania, la Spania que ellos llamaron y de donde heredamos el nombre, y a ellos se les debe la unidad política de nuestra nación. Pero como el resto de reinos bárbaros en Europa, la Spania visigoda era territorio de luchas dinásticas y guerras tribales donde la paz era una excepción.

La Spania visigoda es una fiel representación de la España que en muchas ocasiones encontraremos a lo largo de la historia. Luchas intensas entre las partículas del núcleo central contra las de la periferia, en esa rivalidad eterna por el poder entre las élites de la meseta contra las élites del Mediterráneo, y los soberanos en el trono a la a vez en guerra contra las belicosas tribus del norte (vascos, cantabros y astures).

Si la molécula hispánica era inestable, también lo era el resto de Europa, sufriendo incesantes guerras entre francos, germanos y bizantinos, además de guerras tribales en su seno. Y el fin de la inestabilidad en Spania de nuevo repercutiría en la futura estabilidad de Europa.

Como en tantas otras ocasiones ocurrirá en la historia de España, la búsqueda de apoyo por parte de algunos de sus átomos en moléculas extranjeras, conllevará la destrucción total en la península, y con ella la de Occidente. Dicen que nobles godos de la Tarraconense pactaron con los árabes la entrada a Spania, para con su ayuda arrebatar el trono al rey de origen lusitano. Los árabes entrarían a la península en el 711 d.C y en solo 9 años habrían conquistado toda la Spania visigoda. En el año 726 dominaban todo el Sur de Francia. De nuevo, con el fin de la Spania visigoda comenzará una nueva era. Tres imperios convivirán y lucharán por la supremacía europea: el bizantinoislámico y el carolingio. Hispania de nuevo se constituirá en el pilar del imperio occidental más desarrollado de ellos, el impero islámico.

Mientras Europa se encontraba sumida en guerras constantes entre reinos y tribus bárbaras, en plena decadencia cultural, y un sistema feudal de subsistencia, época conocida como la edad oscura, la España árabe aparecía como uno de los mayores centros de conocimiento y culturales del mundo, con una economía urbanizada, y uno de los territorios que disfrutaban de mayor estabilidad política.  El Califato sería la primera economía comercial y urbana de Europa tras la desaparición del Imperio romano

El esplendor del al-Ándalus obligaría también al resto de Europa a reorganizarse produciendo el embrión de las futuras potencias Europeas. Tal y como los pueblos del norte peninsular se constituían en pequeños reinos cristianos, iniciando la reconquista de su antigua Spania ahora bajo el yugo del Islam, Europa Occidental igualmente se reorganizaba en los países que más tarde protagonizarían su historia.

Tanto la reconstrucción peninsular como la europea dieron lecciones que bien haríamos en observar para solucionar algunos de nuestros problemas actuales.  La tradición pactista en la Alta Edad Media, en la que los nobles regionales adquirían enorme poder agrupados en sus cortes en contra del poder del rey, mostró ser competitivamente ineficaz para sus territorios.

Si debido a la Guerra de los 100 años Francia había logrado centralizarse acumulando enorme poder en su monarca, gracias a lo cual había logrado vencer a Inglaterra, el mismo ejemplo se observaría en la Península. La Corona de Castilla había logrado concentrar el poder en su rey, desactivando el poder de las cortes de sus antiguos reinos, gracias al apoyo del pueblo llano. Por el contrario, los monarcas aragoneses se habían dedicado a privilegiar a la nobleza de sus reinos, ofreciendo constantes concesiones a las cortes, hasta hacer ingobernable un territorio sumido en constantes revueltas internas y guerras entre reinos.

Esto se vería en la Guerra de los dos Pedros, Pedro I de Castilla y Pedro IV de Aragón, a mediados del s. XIV. Aún con menos riquezas, Castilla fue capaz de organizar lo que ya era una potencia demográfica, mientras Aragón era incapaz de obtener financiación de sus reinos sin ofrecer antes mayores concesiones en largas negociaciones que no hacían más que demorar la preparación de sus tropas. La Corona de Aragón fue ampliamente derrotada por las tropas castellanas, que no cesarían su avance hasta el asesinato del rey castellano por su propio hermano.

De nada serviría toda la riqueza que generaba la Corona Aragonesa en el Mediterráneo si no se ponía al servicio de las necesidades de la Corona en su conjunto. El declive aragonés en el Mediterráneo era ya un hecho, mientras los castellanos se convertían en una nueva potencia marítima.

Con nuevas potencias emergiendo en Europa como Inglaterra, Francia o el imperio Sacro-Germánico, la unión de los reinos peninsulares se convirtió en una necesidad. Ambas Coronas castellana y aragonesa se unirían en 1469 mediante el casamiento de los Reyes Católicos. Esta unión marcaría el inicio de la etapa más notoria de nuestra historia. En 1492 se conquistaba Granada, finalizando así la Reconquista iniciada por los reinos cristianos en el s. VIII. Y en el mismo año los españoles descubrían América.

Por caprichos del destino, la unión de los pueblos hispanos fue un preámbulo de la unión de los europeos con aquellos hombres que miles de años antes habían colonizado el continente americano. De nuevo Hispania se erigía como pilar de la historia de Occidente.

La unión efectiva de los reinos de Castilla, Aragón y Navarra se haría bajo el reinado de Carlos I, el primero en adoptar el título de Rey de las Españas. En España se cerraba de nuevo otro capítulo de la historia, para comenzar uno nuevo dedicado a ella. Se iniciaba su hegemonía en Europa y el periodo del Antiguo Régimen.

España descubriría al mundo un nuevo continente, y dominaría media Europa. La casa de Austria construiría una Europa católica bajo su visión descentralizada de gobierno. Para los Austrias los territorios eran algo suyo, que pasaban en herencia, y mientras pagasen impuestos al monarca para financiar sus ejércitos y guerras estos respetaban sus singularidades y formas de gobierno.

En el caso de las Españas, los sucesivos monarcas Austracistas mantuvieron las cortes de cada uno de sus reinos, pero era obligación de estas jurarles como reyes, mientras la monarquía obviaba jurar las constituciones y leyes de sus cortes. A cambio de esto, la monarquía mantuvo los privilegios que los nobles habían recibido de la Corona de Aragón. Caso especial era el catalán, donde incluso tenían capacidad de nombrar a sus embajadores y cónsules, y todos los consellereres disfrutaban del título de Grandes de España.

En palabras del prestigioso historiador catalán J. Vicens Vives, la península estaba  gestándose con signo castellano”. En este periodo El Quijote de Cervantes ya nos explicaba que el español era lengua de uso habitual en toda España, y que los barceloneses de la época se referían a ella como “nuestra lengua”. En efecto era en Barcelona donde más libros en castellano se imprimían de toda España.

Durante dos siglos la Corona española se financió básicamente a través de los impuestos castellanos, cuya capacidad económica les permitía embarcarse en empresas para explotar América. Mientras tanto, el Condado de Barcelona y Reino de Valencia colaboraron poco a la financiación de la Corona, debido en parte a que el comercio se había trasladado al Atlántico, y el Mediterráneo había entrado en declive, y por otro lado la peste había afectado muy fuerte en estos territorios.

Ese gobierno descentralizado de la Casa de Austria, y financiado con el oro y plata americanos, perduró hasta que las potencias europeas, y especialmente los reinos españoles, se dieron cuenta de su debilidad. En 1618 comenzaba la Guerra de los Treinta Años, en la que todas las potencias europeas se involucraron para arrebatar a la Casa de Austria su hegemonía en Europa.

España rechazaría la intervención danesa primero, que ya implicó suficientes incrementos de impuestos entre los países contrincantes, como para que los aliados de Dinamarca, Inglaterra y Francia, entrasen en guerras civiles. Rechazaría igualmente la intervención sueca, derrotada por las tropas españolas. Pero tras 17 años de interminable guerra, esperaba un enemigo aún mucho más fuerte, Francia.

Francia se había convertido en una potencia que gozaba de un gobierno centralizado, capaz de gestionar un
poderoso ejercito y una frontera llena de fortificaciones. Los Austrias aún eran demasiado poderosos y Francia sabía del punto débil de la Monarquía Hispánica. El mismo Conde-Duque de Olivares se lo recordaría al monarca español Felipe IV: "los políticos extranjeros dicen que la monarquía española es simplemente un cuerpo fantástico sostenido por la opinión general, pero sin ninguna sustancia".

Efectivamente España padecía de los mismos problemas que antes padeció la Corona de Aragón. La dificultad para obtener financiación extraordinaria de los reinos periféricos, en los que sus propias necesidades impositivas habían ahogado a su población, y enriquecido a su nobleza.

Aún contra la poderosa Francia, ejércitos de catalanes junto con los Tercios destruyeron las provincias francesas de Champaña y Borgoña, e incluso amenazaron París durante la campaña de Francia de 1636. Pero no sería Francia quien derrotase a España, sino más bien España se derrotaría a sí misma.

Las nuevas necesidades de financiación implicaban subidas de impuestos a valencianos, catalanes y aragoneses que no estaban acostumbrados, además de sufrir la peste y la hambruna que ya les asolaba. Se produjeron levantamientos en Valencia, Portugal y Cataluña, y otro intento más en Andalucía. Los átomos de la molécula hispana comenzaron a vibrar, hasta destruirla.

Cataluña se pondría en manos de Francia declarándose república de esta y jurando lealtad al rey francés. Descubrirían más tarde que los franceses no eran aliados de su pueblo, y los mismos catalanes entraron en guerra civil, hasta jurar lealtad de nuevo al rey español. Portugal se independizaría para siempre y España perdería las regiones transpirenaicas catalanas, más otras tantas plazas en Europa, así como todos los territorios que en América había conquistado Portugal.

Las revueltas internas desestabilizaron a España hasta hacerla perder la Guerra. España perdería su hegemonía, produciéndose un equilibrio de poderes en los que a Francia se la vería como el nuevo poder dominante de Europa.

De nuevo España cerraba un capítulo de la historia, esta vez el que a ella la historia le había dedicado. La Paz de Westfalia (1648) abría un nuevo capítulo, el reconocimiento de la integridad territorial de los Estados, fundamento de la nación-estado soberana moderna.

Los reinos españoles continuarían unidos en la Corona Española, manteniendo sus fueros y privilegios, pero Cataluña perdió todo su poder en la Generalitat y las cortes, controladas ahora por la monarquía. Mientras la unidad de la Corona Española quedaba intacta, Alemania se dividía en decenas de territorios dentro del imperio con soberanía de facto, que se mantendrían hasta mediados del s. XIX. Como en otras tantas ocasiones, la estabilidad entre los pueblos de España había determinado la suerte de Europa.

El mismo Gerald Brennan escribiría en su libro El laberinto español: "¿No es España, después de todo, el país en que la Historia -y de qué monótona manera- se repite una y otra vez?".

50 años más tarde la historia de occidente se volvería a escribir en España, y sufriendo los mismos errores. Una guerra dinástica por el trono español sin descendencia provocaría otra guerra mundial, la Guerra de Sucesión. Y de nuevo, la disgregación de nuestros pueblos en alianzas extranjeras buscando concesiones en América y privilegios de gobierno, romperían la molécula de España quedando ya herida para siempre. En este caso, aunque las alianzas se repartieron por toda la España, especialmente los reinos de la Corona Aragonesa se aliarían con Inglaterra y los germanos en una guerra en la que España tendría ahora a Francia como aliada.

La destrucción fue enorme, y Cataluña de nuevo se convertiría en campo de batalla contra tropas extranjeras. La paz de Utrecht de 1713 terminaría la guerra y en ella se firmaría la perdida de prácticamente el total de las posesiones españolas en Europa.

Como siempre quiso hacer la historia, España tendría el honor de abrir un nuevo capítulo de la historia de Occidente. Gran Bretaña aparecía como vencedora del conflicto, y en Utrecht firmaba con España la base de la supremacía futura del Imperio británico

Con el final de la Guerra comenzaría también el absolutismo Borbón en España, y la aplicación de medidas centralizadoras a la imagen de Francia. Felipe V aboliría los fueros y privilegios de todos los reinos de la Corona Aragonesa, y eliminaría sus instituciones. Aplicaría el catastro, un impuesto que trató de equilibrar el nivel de impositivo en toda España que hasta ahora sufrían exclusivamente los castellanos, eliminaría los aranceles entre reinos, y más tarde, Carlos III abriría el puerto de Barcelona al comercio con América. Además se efectuó la tan aclamada reestructuración agraria, se apoyó la industria y se construyó un volumen importante de obra pública.

Por más que se quiera criticar a los Borbones, España pedía a gritos la aplicación de esas medidas, y el absolutismo se extendería por toda Europa continental. Con ellas lograron un nuevo periodo de esplendor económico atendiendo al comercio americano que hasta entonces estaba casi por explorar, y la mayor beneficiada de esos cambios fue Cataluña, que sitúo a Barcelona como uno de los mayores puertos comerciales del mundo, desarrollando la industria textil más importante del Mediterráneo.

Mientras el s. XVIII observaba como el imperialismo británico creaba el imperio y estado más extenso de toda la historia, conquistando Oceanía, Asia desde la India hasta Malasia, Hong Kong y diversos territorios africanos, España sería la única potencia capaz de hacer frente a las arremetidas inglesas en América.

Felipe V había logrado derrotar a Gran Bretaña en la  Batalla de Cartagena de Indias en 1741, la acción naval más grande de la historia de la marina inglesa, y la segunda más grande de todos los tiempos después de la Batalla de Normandía. La derrota fue tan colosal que se censuraría en los medios ingleses. El mismo rey recuperaría Nápoles y Sicilia para España. Más tarde, Carlos III en su alianza con Francia en la Guerra de la Independencia de los EE.UU, frenaba el expansionismo británico en América debilitando enormemente a Gran Bretaña. España recuperaría de manos inglesas Menorca, y las colonias perdidas en la Guerra de los 7 años de Florida y la costa de Honduras, y mantenía Filipinas. Carlos IV rechazó igualmente los ataques británicos en la zona del Río de la Plata (Buenos Aires y Montevideo). La influencia de España en Europa había perdido peso con respecto a Francia, Inglaterra o Austria, pero su imperio en América aún le permitía ejercer una influencia notable en Occidente, manteniendo la flota más importante del mundo y la moneda más fuerte.

El siguiente episodio de inestabilidad política y guerra que se viviría en España no vendría de una supuesta ineficacia de los gobiernos Borbones, o de la pérdida de poder hegemónico, sino de la constatación de la ineficacia de un sistema de gobierno.

El cambio de siglo implicó una importante crisis que demostraba que el Antiguo Régimen no permitía estructuras que abasteciesen el aumento demográfico que se había producido. La rigidez y opulencia de las monarquías absolutas, especialmente en Francia y España endeudadas por la guerra contra Gran Bretaña, y castigadas por el hambre y la pobreza de las malas cosechas, chocaban contra una burguesía cultivada que ya no se conformaba con el poder económico y requería también el político. Junto a un campesinado que había exacerbado sus ánimos, se dieron todas las condiciones para iniciar en 1789 la Revolución Francesa y deshacerse de sus reyes.

Durante 71 años Francia pasaría por una república, imperio y monarquía constitucional  hasta que la Primera República cayera tras el golpe de Estado de Napoleón Bonaparte. A pesar de que Napoleón ejerciese el mismo poder absoluto de los reyes, se convertiría en estandarte de las ideas de la Revolución Francesa. El ideal ilustrado del “todo por el pueblo pero sin el pueblo” se extendería por toda Europa.

El carácter católico y el apego al Antiguo Régimen, serviría al clero español para mantener un consenso social contrarrevolucionario en España. La monarquía absolutista de Fernando VII se deshizo de los consejeros ilustrados, pero en los tradicionales Pactos de Familia con Francia, decidió apoyar a Napoleón en su guerra contra Inglaterra, lo que llevaría a la perdida de la mejor parte de la Marina española en la Batalla de Trafalgar. Aún con este contratiempo, el gobierno permitió el paso por España a Napoleón para la conquista de Portugal, lo que le permitiría ocupar varias plazas españolas.

La tradicional aversión a Francia, y la emergencia de un sentimiento nacional en torno a España en todos sus pueblos, hicieron levantarse a todos los españoles contra las tropas napoleónicas, a pesar de las simpatías de ilustrados hacia los ideales de la Francia liberal. Aún cuando Napoleón en el 1810 ofrecía a Cataluña su independencia, y la senyera colgaba del balcón de la Generalitat, los catalanes hicieron caso omiso y continuaron luchando junto al resto de sus compatriotas españoles contra las tropas francesas.

En una carta, Jose I escribiría a su hermano Napoleón: "Tengo por enemigo a una nación de doce millones de almas, enfurecidas hasta lo indecible. Todo lo que aquí se hizo el dos de mayo fue odioso. No, sire. Estáis en un error. Vuestra gloria se hundirá en España”.

El sentimiento patriótico español inventaría la guerra de guerrillas para luchar contra ejércitos más fuertes, y a imitación de España, un gran movimiento patriótico se producía en Rusia y posteriormente en Alemania. La explosión del sentimiento nacional alemán determinó la resolución de los soberanos. Prusia, Rusia, Inglaterra y Suecia se unían contra Napoleón.

En el 1812 se firmaría la primera constitución española, “La Pepa”, con la aprobación de varios políticos catalanes, y dos años más tarde terminaría la guerra de la independencia española.

La Constitución de 1812 fue una de las más liberales de su tiempo, y serviría de inspiración para otras muchas constituciones que nacerían en Europa después. Establecía la soberanía en la Nación (ya no en el rey), la monarquía constitucional, la separación de poderes, el sufragio universal masculino indirecto, y equiparaba los derechos de los ciudadanos de sus colonias a los de la península.

España cerraba un nuevo capitulo en la historia de Occidente, dando fin al Antiguo Régimen, e iniciando el camino para instaurar un nuevo Régimen Liberal en toda Europa. Desde entonces la Nación ya no se sustentaría en un rey, sino en la voluntad de los pueblos de estar unidos.

Aquella constitución solo duraría dos años, y España se convertiría en un pequeño espejo de Europa fuera de ella. Aislada en sí misma, el pequeño mundo de España reproduciría con sus tensiones, revoluciones y guerras los mismos procesos que se darían en todo Occidente. Y cumpliendo el papel que quiso darle la historia, España guiaba al mundo abriendo un nuevo capítulo en ella.

La revolución liberal de 1820 en España, aboliendo los últimos seis años de gobierno absolutista de Fernando VII, y dando paso al Trienio progresista, daría lugar a todo un ciclo revolucionario en Europa. Revoluciones semejantes se repetirían en Portugal, Italia y Grecia, y más tarde, la revolución de 1830 en Francia, junto con la que se produciría en Bélgica obteniendo su independencia, acabarían con sus respectivos gobiernos absolutistas. El ciclo revolucionario continuaría con las revoluciones de 1838 de corte liberal-nacionalista en Centro-Europa buscando la disolución de sus monarquías absolutas y la unificación de sus estados, que al final del proceso desembocarían en el nacimiento de nuevas naciones como Alemania, Italia, Austria, Hungría, Bohemia, etc, a través de la unión de los estados soberanos en los que hasta entonces se dividían los territorios italianos, el imperio Austriaco y el Prusiano.

Del mismo modo que Europa continental vivía un proceso anárquico en el que los sectores conservadores absolutistas chocaban con movimientos revolucionarios de obreros y burgueses, intercambiando Republicas, monarquías parlamentarias y gobiernos absolutos una y otra vez; en España, monarquías parlamentarias gobernadas por liberales moderados se sucedían por gobiernos progresistas y republicanos a base de golpes de Estado y sufragios amañados.

Un mundo nuevo se hacía a base de pólvora. La guerra Franco-Prusiana daba lugar al Imperio Alemán, y a la Tercera República Francesa. Se producía la guerra de la independencia de Grecia, y las guerras de independencia italianas, a la vez que toda America se independizaba en guerras contra España bajo el ideal liberal de nación y el precedente de EE.UU. Y mientras tanto, en España, guerras carlistas buscando reinstaurar las estructuras del Antiguo Régimen, alentadas por un clero reaccionario en contra de las desamortizaciones de la Iglesia, y una población rural ultraconservadora en añoranza de sus fueros, hacían nacer el germen del nacionalismo vasco y catalán.

El nacionalismo romántico basado en la mitología de los pueblos, en la historia y en la raza, forjaba en Europa nuevas naciones llenas de orgullo, cuyo principal objetivo era recuperar su influencia en el mundo. Se había de arrebatar al Imperio Británico una hegemonía de dos siglos, lograda mediante una antigua monarquía parlamentaria que había sido ajena a los procesos revolucionarios de Europa Continental, y que había dado lugar a una revolución industrial y una expansión colonial de tal calibre, que una cuarta parte de la población mundial, y una quinta parte de las tierras emergidas, la proveían de suficientes materias primas para convertirla en la fábrica del mundo.

Y el mismo nacionalismo romántico, precursor de los futuros fascismos, que en Europa creaba nuevas potencias contra una Gran Bretaña hegemónica, pretendía crear ahora nuevas naciones en las regiones industriales de España, en contra ahora, de una Castilla que languidecía en la pobreza, reducida a enormes latifundios de tierra.

A finales de s. XIX, el nacionalismo romántico cultural crea partidos políticos nacionalistas en País Vasco, Cataluña, Andalucía, y movimientos nacionalistas populares de izquierda comienzan a extenderse por todo el territorio nacional. En poco tiempo una ideología claramente xenófoba y racista, impregna a todas las regiones de España, del mismo modo que lo hace en Europa.

Sabino Arana, creador del PNV, de la Ikurriña e incluso del nombre de Euskadi, escribía frases como: «El roce de nuestro pueblo con el español causa inmediata y necesariamente en nuestra raza ignorancia y extravío de inteligencia, debilidad y corrupción de corazón, apartamiento total, en una palabra, del fin de toda humana sociedad”.

Del mismo modo, Prat de la Riba, el artífice del catalanismo político, a finales del XIX decía que la «castellanización» de Cataluña sólo es «una costra sobrepuesta, una costra que se cuartea y salta, dejando salir intacta, inmaculada, la piedra indestructible de la raza”.

Y desde una Castilla derrumbada, Canovas del Castillo se quejaría de que "Son españoles los que no pueden ser otra cosa."

La Primera República Española (1873-1874) tendría que hacer frente a la revolución cantonal, un conjunto de levantamientos anarquistas protagonizados por la pequeña burguesía que independizaba en cantones ciudades como Cartagena, Valencia, Murcia, Ávila, Salamanca, Toledo y Extremadura, que pretendía su anexión a “Lusitania”. En Cataluña también se suceden diversos intentos separatistas.

El mismo nacionalismo que agitaba a un buen número de regiones en España, llevaría a las potencias europeas a iniciar una carrera por colonizar y esclavizar a toda África. Se comienza a arrebatar un mercado a Gran Bretaña que hasta 1870 mantenía el 30% de toda la producción industrial mundial.  EE.UU. y el Imperio Alemán desarrollan una importante industrialización, y los alemanes acaban sobrepasando a los británicos en el sector textil y el del metal. El Reino Unido perdía no sólo los mercados de los países que se industrializaban, sino también comenzaba a perder su hegemonía en zonas como la India, China, América del Sur y las costas de África.

Mientras tanto, la corrupción se había hecho el medio de gobierno en España, desarrollando una red ferroviaria poco productiva que, junto a las guerras carlistas y los fracasos de las expediciones en Marruecos, endeudarían España hasta llevarla a la bancarrota. No hubo forma de poner de acuerdo a terratenientes castellanos y valencianos buscando políticas aperturistas de mercado, contra una oligarquía catalana y vasca que exigía la protección del mercado español. Y el deseo de limitar la autonomía de las colonias americanas para asegurar la explotación de sus productos, provocaría la pérdida de todas ellas a fin de s. XIX. España vendería a los ingleses la mayor industria siderúrgica de Europa, situada en Andalucía, y como el resto de potencias, cerraría su mercado al mundo. España mantendría una industria poco competitiva en un mercado protegido, que hasta mediados del s. XX. la convertiría en una de las economías más aisladas del mundo.

El problema del declive español no sería una falta de industrialización que sufría toda Europa, excepto Gran Bretaña, hasta finales del s. XIX. Ni mucho menos una falta de sentimiento revolucionario en el que España fue precursora. El problema era la falta de una idea común compartida por todos los españoles que los mantuviese unidos en la decadencia del cambio del Régimen. España, al igual que Europa, no sabía lo que quería ser, en un enjambre de movimientos marxistas, liberalismo económico y un acuciante fascismo que llenaba de orgullo a sus pueblos. Y lo mismo que rompería a España, acabaría rompiendo Europa.

La inestabilidad política que se dio en España sería preludio de lo que acontecería en el mundo. Una violencia creciente desde finales de s. XIX, se incrementaría a principios del XX, y llevaría a la quema de Iglesias y conventos por parte de movimientos anarquistas y comunistas, y a la declaración del estado de sitio en toda España tras la Semana Trágica de Barcelona. La agitación social llegaría a su punto álgido con un incremento de la presión regionalista en Cataluña, junto con el trienio bolchevique en Andalucía, y los años del plomo en Barcelona, finalmente provocando el estallido de la crisis de 1917.

Del mismo modo, en Europa la creciente tensión entre las potencias por la expansión colonial, provocaría la Primera Guerra Mundial en 1914, llevando a la muerte a más de 9 millones de combatientes hasta firmar la Paz de Versalles en 1918.

Dicen que una comisión de políticos catalanes, que creía ver en los Catorce Puntos del presidente Wilson la confirmación de sus derechos nacionales, intentaron captar interés hacia el problema catalán en la conferencia de Versalles. Posiblemente por saber del coste en sangre que conlleva hacer naciones, obtuvieron del jefe de gobierno francés, George Clemenceau, un rechazo despectivo:  "Pas d'histoires, Messieurs!".

1917 daría lugar también a la revolución bolchevique en Rusia, que provocaría una cruel guerra civil que acabaría con el gobierno de los zares instaurando una Rusia bajo un régimen autoritario comunista de un único partido. En 1922, la guerra, el hambre y el tifus había provocado millones de muertes en toda Rusia despoblando todo el territorio.

La inestabilidad y violencia en España se mantendría hasta 1923, en que un golpe de estado consentido por Alfonso XIII instauraba la dictadura de Primo de Rivera, con el apoyo desde la burguesía catalana hasta la UGT de Largo Caballero, mientras los partidos dinásticos aceptaban la suspensión de la Constitución.

Bismarck diría: "España es el país más fuerte del mundo, los españoles llevan siglos intentado destruirlo y no lo han conseguido."
 
Pero, aún tras un periodo de paz tanto en España como en Europa, las tensiones no solo no se disiparían, sino que se recrudecerían aún más.

Los primeros vestigios de la Gran Crisis de los años 30 desbancarían del poder a Primo de Rivera en 1930. Un año más tarde se proclamaba un gobierno provisional republicano y al mismo tiempo Maciá proclamaba el “Estado catalán”, con la intención de integrarlo en la “Federación de Repúblicas Ibéricas”. Aquella confusa situación se disipaba en tres días con el compromiso del nuevo gobierno de Alcala-Zamora de convocar unas Cortes Constituyentes con un estatuto de autonomía para Cataluña. Con la constitución de 1931 se hacía efectiva la Segunda República Española.

Pero la Republica sería incapaz de contener la violencia de movimientos anarquistas, obreros y fascistas propios de la primera mitad del s. XX. Y en la misma línea, la paz pactada en Versalles a expensas de la derrotada Alemania, la obligaría a asumir unas condiciones verdaderamente bochornosas en plena crisis económica, acuciando aún más los deseos de venganza de una población alemana que ahora se sentía humillada. El radicalismo fascista y comunista se extendería por toda Europa.

Huelgas de obreros y levantamientos violentos obligarían a la proclamación de nuevas elecciones en España en 1933. Los resultados dieron una mayoría de escaños a la CEDA, un partido conservador de corte fascista, y al partido radical de Lerroux. Se formaba un nuevo gobierno de radicales con tres ministros de la CEDA, que frenaría la ley de reforma agraria y una ley de la Generaliat. Esas medidas provocaron la insurrección de octubre de 1934, todo un espectro de levantamientos anarquistas y comunistas, junto con la proclamación por parte del gobierno catalán, en manos de la ERC de Companys, del Estado Catalán dentro de la República Federal Española. Ese estado catalán duró menos de 9 horas, encañonado por Lerroux, y la revuelta fracasó en toda España excepto en Asturias, donde los mineros serían finalmente reprimidos por el ejército africano al mando del General Francisco Franco.

Un escándalo de corrupción sería la gota que colmaría el vaso para hacer caer al gobierno, provocando otro adelanto electoral, en el que saldría ahora escasamente victorioso el Frente Popular, un partido que aglutinaba a todos los partidos antifascistas al modo de Francia. Aún con un gobierno que aglutinaba a toda la izquierda española, la violencia se incrementaría en levantamientos anticlericales quemando iglesias y asesinando religiosos, y decenas de muertos en manifestaciones y contra-manifestaciones de uno y otro signo que acabarían con la vida de un teniente de la guardia de Asalto. Y en venganza se intentaría asesinar a Gil-Robles, acción fracasada que acabaría con el asesinato del monárquico y antiguo ministro de Hacienda, Calvo-Sotelo.

La República se hizo ingobernable por la radicalización de las posturas de todos los sectores sociales, hasta desencadenar el golpe de Estado fascista en España y el inicio de la Guerra Civil española. Finalizaba tras 3 años de cruel guerra en 1939, iniciando la dictadura fascista del General Franco hasta su muerte en 1975. Alrededor de un millón de personas morían a causa de la guerra.

Y si los españoles no se entendieron, tampoco lo hicieron nuestros vecinos europeos. La escalada de los partidos fascistas en Alemania e Italia, iniciaban al tiempo que terminaba la guerra en España, la Segunda Guerra Mundial, hasta su fin en 1945. Cerca de 70 millones de personas morirían en el mundo, testigo de algunas de las mayores atrocidades que nunca antes había conocido la historia.

De nuevo en España se comenzó a cerrar otro capítulo de la historia de Occidente, posiblemente el  más negro y triste de esta.

Europa desde entonces se dividiría en dos bloques de vencedores en la guerra. Uno de gobiernos autoritarios comunistas en el Este bajo la influencia de Rusia, y otro de gobiernos democráticos capitalistas y dictaduras hispanas en su parte occidental, bajo la influencia de EE.UU. Paradójicamente, el antiguo enemigo fascista sería asimilado bajo influencia estadounidense, en un bloque que ahora rivalizaba contra un antiguo aliado de guerra, los estados soviéticos. España mantendría aún su influencia en ese sub-bloque hispano de gobiernos dictatoriales que gobernarían en la Península Ibérica (España con Franco y Portugal con Salazar) y buena parte de América Latina, en países como Chile, Bolivia, Argentina, Ecuador o Venezuela, a mediados de siglo bajo beneplácito de EEUU.

A excepción de la Península, el resto de gobiernos fascistas desaparecerían de Europa tras su derrota en la II Guerra Mundial. España se convertiría en un país democrático a imagen del resto de potencias europeas 38 años más tarde, cuando en 1978 se refrendaba entre todos los españoles una Constitución que reinstauraba los antiguos fueros vascos, y la Generalitat de Cataluña, dándoles más competencias que las que habían tenido antes en 300 años.

Alemania permanecería dividida en los dos bloques de influencia rusa y americana hasta la caída del muro de Berlín en 1989, y en 1990 se disolvería la URSS, dando lugar a la independencia de sus antiguas repúblicas soviéticas.

La transición española hacia un Estado plenamente democrático sirvió de garante a otros muchos otros países latinoamericanos y ex-soviéticos para iniciar sus respectivos procesos democráticos. España no dejaría nunca de cumplir el papel que a ella le quiso otorgar la historia, el de cerrar y abrir nuevos capítulos en ella.

De nuevo hoy, en ese místico capricho de la historia, parece que España esté destinada a cerrar un nuevo capítulo de ella.

Ese país del que Brennan explicaba que repite su historia de “monótona manera”, en los albores del s. XXI vuelve a presentar las mismas corruptelas que ya nos han llevado a ocho bancarrotas en la historia. Los casos Filesa o Roldan del PSOE, o la trama Gurtel o caso Bárcenas del PP, o los casos del Palau o Pujol en la Generalitat, aparecen como una repetición cíclica en nuestra historia. Un ciclo vicioso que continua en el tiempo la corrupción de los validos de los reyes y nobleza catalana del s. XVII, las corruptelas de los políticos liberales de mediados del s. XIX, o el escándalo del estraperlo y el asunto Nombela (1935) del gobierno republicano de Alejandro Lerroux

Y de nuevo, un movimiento social revolucionario se produce en España, ahora con las siglas del 15M. En esta ocasión sin violencia, miles de personas se concentran en todas las capitales de provincia de España, gritando contra la corrupción de los políticos y la avaricia de los mercados. Y el movimiento se extiende por todo el mundo uniendo en sus lemas a Londres, París, Berlín, Bruselas, Lisboa, Atenas, Tel Aviv…

Siguiendo el manual que ofrece la historia, si España comienza a arder Cataluña echa la leña desde dentro. Y las palabras de Ortega y Gasset se convierten en leyenda:"El problema catalán no se puede resolver, sólo se puede conllevar". 


Cómo se ha acostumbrado a hacer desde hace siglos, Cataluña anda buscando una solución unilateral para paliar su crisis, echando la culpa a España y atacándola como si fuese una entidad ajena a ella. Y como ya lo hicieron antes los nobles tarraconenses con los árabes, o el president en cap Pau Claris con los franceses en la Guerra de los Treinta Años, o los brazos catalanes con los ingleses y alemanes en la Guerra de Sucesión, los políticos catalanes de hoy buscan aliados a su causa contra España en las potencias extranjeras. Si estos políticos leyesen historia, sabrían que esas alianzas contribuyeron en el pasado a la destrucción de Europa, de España y dejaron el paisaje catalán desolado tras la traición de esos nuevos socios. 

España ya tiene a Occidente observando, para ver qué es lo que funciona en nuestro campo de pruebas. 

No podemos predecir que nos deparará el futuro, si un partido como Podemos será una nueva ola de populismo en Europa o por el contrario implicará una regeneración de nuestro Estado precursora de una nueva forma de democracia en Occidente. 

Desconocemos cuál será el desenlace con respecto a Cataluña, aunque más vale que la historia no respete los malos augurios. 

Una secesión pacífica en Cataluña podría ser desencadenante de una nueva Europa de cientos de pequeños estados, centralizados en un gobierno europeo. No resulta muy atractiva la idea, si esa es una división de estados ricos y pobres con su soberanía sometida a los mercados. 

O quizás mantener a Cataluña dentro de España, en un sistema con mayor autonomía fiscal y autogobierno, sea fórmula para la unión de otras naciones que formen mayores Estados, en una Europa con un poder central más organizado. Viene a la idea esa corriente Iberista de Menéndez PelayoMiguel de Unamuno  y Oliveira Martins, para integrar Portugal en Iberia, algo que por cierto, siempre gustó a Francesc Maciá, un conocido político catalán republicano.

Sea lo que sea, España está cerrando y abriendo un nuevo capitulo de la historia, que a un servidor ya no corresponde seguir escribiendo.


Rafael Gallardo Martín ©

viernes, 14 de marzo de 2014

Buscar “una gran idea o impulso” que proyecte una España con cabida para todos

Supongo que si ha llegado a este blog es porque se ha sentido interesado de algún modo en el problema que hoy existe en Cataluña: ese deseo de independizarse de España que esta dando lugar a ríos de tinta que corren por los medios de buena parte del mundo. 

Lo cierto es que la posibilidad de la secesión de Cataluña sirve a algunos de motivo de preocupación, a otros de ilusión, a otros tantos de entretenimiento, pero sobre todo ha servido para desviar la atención del proceso de recortes ejecutado por los gobiernos central y catalán desde hace ya cuatro años.

A pesar del interés que puedan haber tenido algunos en crear crispación sobre este tema, la realidad es que el deseo de secesión en Cataluña ya ha conseguido unir en las manifestaciones del 11 de septiembre de los años 2012 y 2013, durante la celebración de la Diada (día de Cataluña), a lo que dicen fueron más de un millón de catalanes pidiendo la independencia. El dato, la verdad, preocupa por sí solo.

He dedicado una buena cantidad de mi tiempo y de mis noches a la escritura de mis blogs, y podríamos multiplicar por 10 las horas de lectura, tanto que ahora me produce pudor. En principio solo me movió entender el problema que existe en Cataluña, para después expresar lo que creía haber entendido. No existe móvil económico, creo que tampoco patriótico, y reconozco que si en principio buscaba la verdad empírica de los datos, finalmente me ha impulsado más la indignación de las mentiras.

El resultado han sido cuatro blogs que explican los acontecimientos, hechos y datos históricos y de actualidad que sirven como argumentos para el independentismo catalán. Considero que a veces he dedicado excesivo esfuerzo al desarrollo, descuidando en otras la bibliografía, pero toda la información se ha obtenido de fuentes académicas fiables indicadas en cada blog, mayoritariamente de autores catalanes, y evitando autores castellanos que provocasen una percepción de parcialidad.


 LO QUE TODO INDEPENDENTISTA CATALAN DEBERIA SABER

LO QUE TODO INDEPENDENTISTA CATALAN DEBERIA SABER


            MITOS DEL NACIONALISMO CATALAN

MITOS DEL NACIONALISMO CATALAN

                    
 LOS AGRAVIOS DE CATALUÑA: UNA CRITICA OBJETIVA

LOS AGRAVIOS DE CATALUÑA: UNA CRITICA OBJETIVA

 COLLECTIU WILSON REPLAY

COLLECTIU WILSON REPLAY

                                   
Si les interesa conocer mi opinión al respecto les explicaré ya aquí algunos detalles interesantes:

En principio, para tranquilidad y satisfacción de algunos, e incredulidad y decepción de otros, les diré que la independencia de Cataluña a corto plazo es inviable. Esto no es que se lo diga yo, es algo que quienes tienen que saberlo lo saben de sobra. Josep Oliver, catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB), que ha elaborado muchos trabajos para la Generalitat y recientemente ha participado en el debate sobre “retos y oportunidades del nuevo Estado catalán” organizado por la ANC, una organización independentista, explicaba en el 2012 que con la independencia de Cataluña su “deuda alcanzaría el 80% del PIB” y “no es imaginable”, y recalca que quienes la plantean lo hacen “como idea de medio plazo”.

Efectivamente el problema actual de Cataluña es su enorme deuda. Los datos hoy en el
2014 son bastante peores que aquellos del 2012, cuando Oliver se pronunciaba. Solo Cataluña, con una población que ocupa el 16% de la española, posee el 27% de toda la deuda autonómica. Si como explicaba la Generalitat en su informe, en caso de secesión habrían de asumir su cuota de deuda que les corresponde de la Admon. central, habrían de añadir unos 140.000 millones de euros, más la deuda de sus ayuntamientos y entes locales. Un total de unos 190.000 millones de euros, el 98% del PIB de Cataluña. Curiosamente, el peso relativo del endeudamiento que le quedaría a España sin Cataluña sería de entre el 69% y el 67,6% de su PIB.

La Generalitat se ha esforzado en culpar a España de su delicada situación económica. De ahí ese “España nos roba” que habrán oído muchos de ustedes, indicando que el estado les expolia con un déficit fiscal anual del 8%. Este dato solo responde a la cifra de déficit calculado por flujo-monetario, que no observa de forma adecuada el gasto del estado en ministerios u obras públicas que benefician a todos los españoles, aún no produciendose físicamente en todos sus territorios. Esto último lo hace el método carga-beneficio y la cifra de déficit del Estado con Cataluña que este calcula en una serie de 25 años es del 5,5%. Estos datos de déficit en todo caso son muy normales en las balanzas fiscales de las regiones ricas de todos los países occidentales, incluso los federados como Alemania o EE.UU., donde pueden ser incluso mayores.

La deuda que sufre la Generalitat ha sido causa como en el resto de autonomías españolas, de un exceso de gasto sin control en el periodo del boom inmobiliario. Como explicaba otro conocido académico de la Universidad de Columbia, y miembro del Collectiu Wilson, una plataforma de académicos independentistas, el profesor Xavier Sala i Marti: “la Generalitat no solo dilapidó todos esos ingresos extraordinarios y temporales sino que gastó mucho más de lo que ingresaba hasta el punto de que su deuda pública aumentó en casi un 50%”. “Cuando Montilla y el tripartido se marcharon en 2010, la deuda DOBLABA la que se encontró al llegar a la Generalitat y TRIPLICABA la que el primer tripartito de Maragall encontró en 2003. En porcentaje del PIB, la deuda catalana había pasado del 7.4% al 17.3%”.

Así que, para los que aún desconocían el motivo de la catastrófica situación de las finanzas públicas catalanas, cuya deuda aún a día de hoy sigue catalogada como bono basura, ya tienen una explicación alternativa al “Espanya ens roba”.

Para aquellos que con este argumento se regocijen, les puedo comentar igualmente que si lo que desean es mantener a Cataluña dentro de sus fronteras, el futuro tampoco es muy halagüeño.

Como aseguraba el conseller de economía de la Generalitat, el Sr. Mas-Colell, "lo de Catalunya no es una fiebre", insistiendo en que no hay vuelta atrás en el proceso soberanista: "si no en esta generación, en la siguiente Catalunya tendrá Estado propio" expresaba.

Se preguntarán ustedes el porqué de esta insistencia en la secesión de Cataluña, si reconocidos académicos catalanes de ideología soberanista, e incluso independentista, libran a España de culpa sobre la situación económica de la región, e incluso expresan su imposibilidad de secesión a corto plazo.

Bien, desde un óptica meramente económica, aunque la secesión no sea ni viable ni rentable a corto plazo (los cálculos más optimistas asumiendo una secesión de Cataluña perteneciendo a la UE, sin boicots ni deslocalización de empresas ya calculan una pérdida superior al 3,5% del PIB catalán), esto no implica que Cataluña no sea viable como estado a medio plazo, una vez su situación económica se normalice. De la misma forma que son viables estados más grandes y más pobres como el Congo, o más pequeños y más ricos como Suiza, una región rica dentro de un estado necesariamente ha de ser viable siendo independiente, y premios Nobel en economía como Gary Stanley Becker y Finn Erling Kydland se han pronunciado en defensa de dicha viabilidad.

Por otro lado si una Cataluña independiente no es viable a corto plazo, tampoco lo es España, perdiendo de forma abrupta el 18% de su PIB, uno de sus motores industriales y de servicios, y la región de donde parten el 26% de sus exportaciones.

Y finalmente, si el déficit fiscal que sufre Cataluña no implica un robo, esto tampoco significa que le sea justo y ventajoso. Según el estudio más imparcial y completo realizado al respecto en España, el de la Fundación BBVA-IVIE, analizando el periodo 2000-2008, si los madrileños transfieren el 1,32% de su PIB en ingresos al Fondo de Garantía, este es el doble de lo que destinan los baleáricos (0,7%) y casi cuatro veces superior al de los catalanes (0,36%). El déficit fiscal catalán no resulta un agravio comparativo pero son solo estas tres regiones las únicas aportadoras netas al sistema fiscal español. Las demás, incluyendo a las regiones ricas de País Vasco y Navarra que se rigen por conciertos forales, reciben más de lo que aportan. Es decir, solo hay tres regiones en España que están “tirando del carro” del sistema autonómico, y el estado permite un cálculo muy reducido de sus aportaciones en las CCAA que disfrutan de conciertos forales, de forma que convierte a dos regiones ricas en receptoras netas del sistema fiscal estatal.

Lamentablemente la política soberanista en Cataluña se sabe más eficaz atacando al estado que atacando a dos regiones que también disfrutan de un alto grado de autonomía. Especialmente porque ahora puede convenir el concierto económico a Cataluña, aún cuando en el momento de pactar la Constitución del 78 los políticos catalanes no querían ni oír hablar de ello, como recordaba Xavier Arzalluz. De ahí ese Pacto Fiscal que el presidente de la Generalitat, el Sr. Artur Mas, llevaba al jefe del ejecutivo, el Sr. Rajoy, antes de decidirse por la consulta secesionista. Y aunque algunos de ustedes lo desconozcan, un concierto fiscal similar fue también propuesto por Alicia Sánchez Camacho, la presidenta del PPC, el partido del gobierno de España en Cataluña. Ambos recibieron un no rotundo del presidente del gobierno.

El hecho de que partidos conservadores como CIU, hoy al gobierno de la Generalitat, que nunca han sido independentistas, así como un buen número de académicos catalanes, apuesten hoy día por la secesión, puede resultar atrevido pero no ingenuo. Aunque la balanza comercial catalana sigue mostrando una enorme dependencia hacia mercado interno con España, desde 2011 sus números mejoran considerablemente. Un 64,2% de la facturación total de bienes y servicios se realiza en Cataluña, un 22,5% en el resto del mercado español y un 13,6% en los mercados exteriores. Gracias al aumento de las exportaciones de Cataluña y a su capacidad para recibir turismo del extranjero, por primera vez en 2011, su balanza comercial total mostraba un saldo comercial positivo no solo en el interior sino también en el exterior.
Indudablemente estos datos permiten a los secesionistas mirar el futuro con optimismo, y de hecho el Sr. Mas animaba a los empresarios catalanes a desvincularse del que históricamente ha sido su mercado, España, para enfocarse ahora en el exterior.

Económicamente hablando, el beneficio de la secesión de Cataluña dependerá de su capacidad para mantener su mercado con España, mientras se expande en el extranjero, compensando una hipotética reducción de ventas en el mercado interno con el dividendo fiscal obtenido con la independencia.

Según cálculos de la Generalitat, con datos del periodo 2006-2009 en los que aún no estaban afectados por la crisis ni sufrían el volumen actual de deuda, la secesión implicaría un ahorro del 5,8% del PIB catalán, mediante la eliminación del déficit fiscal actual con España, contando con los gastos adicionales del nuevo estado, unos 11.000 millones de euros anuales.

Si consideramos el comercio de bienes y servicios en Cataluña, en una serie de 10 años su balanza comercial con España ha sido positiva, implicando un beneficio anual de unos 15.000 millones de euros, que ha compensado una balanza comercial deficitaria con el exterior, permitiendo que Cataluña haya disfrutado de un superávit comercial medio en su balanza total de unos 7.000 millones de euros. Históricamente, el superávit de la balanza comercial catalana con España ha sido bastante superior, así como su déficit con el exterior.

Aunque es cierto que las ventas a España se reducen en el 2011, debido a la crisis, aumentando también sus exportaciones, la economía catalana sigue siendo muy dependiente de la española. Cataluña vende casi el 50% de sus bienes al mercado español fuera de Cataluña. En el 2012 obtenía en el mercado interno un superávit en su balanza comercial de bienes de 18.839 millones de euros con frente a un déficit en el exterior de unos -10.917 millones de euros. Alrededor del 83% de los depósitos de la banca catalana están en territorio español fuera de Cataluña, y entre el 50%-60% de su negocio. Cataluña es el tercer destino turístico nacional, y las multinacionales catalanas, entre el 10 y el 15% del PIB de Cataluña, facturan el 34,4% de sus ventas en el mercado español no catalán.

Y es en la contraargumentación de estos datos cuando incluso las mentes más brillantes del secesionismo catalán se muestran, cuanto menos, infantiles. El profesor Xavier Sala explicaba que si Cataluña vende tanto a España en un mercado libre es sencillamente por la calidad de sus productos y la competitividad de las empresas catalanas. Pol Antràs, catedrático de Economía en la Universidad de Harvard, y como el anterior, también miembro del Collectivo Wilson, duda que “los vínculos labrados durante más de 500 años de historia común se vuelvan irrelevantes hasta el punto de equiparar la distancia entre Cataluña y España a la distancia entre Portugal y España" en sus relaciones comerciales.

Resulta curioso que el profesor Sala no se pregunte por el porqué de si los productos catalanes son de tanta calidad para vender un 50% de ellos en España, vendan solo un 5,7% a Portugal, o un 17% a una Francia colindante a su frontera. También resulta llamativo que el profesor Antrás considere esos vínculos labrados durante 500 años como un paliativo a la disminución de sus relaciones comerciales, y en cambio esto no le afecte para promover la secesión de esa España a la cual están tan vinculados.

Bajo mi opinión, y la de muchos expertos, mal haría Cataluña separándose de un mercado de 40 millones de españoles que residen fuera de ella, y que históricamente siempre han protegido sus ventas, para competir ahora por este mismo mercado como cualquier otro país extranjero, compitiendo a la vez con España por el que existe en el resto del mundo. En todo caso, la lógica en este sentido hace pensar que más pesarán 40 millones de habitantes de una España sin Cataluña en la balanza comercial catalana, que 7 millones de catalanes en la española.

Lo que para un político puede resultar ilusionante, el hecho de verse como todo un jefe de estado, o incluso para un ciudadano saber que su tierra puede llegar a ser otro país europeo, esto desde luego no lo será igual para un empresario, que con la secesión pone en riesgo la parte del negocio que tiene con España, por más académicos que animen a la ello desde las butacas de sus despachos en el extranjero.

Aún con todo esto, el tema de la secesión no se limita a un tema económico, y mal haríamos en España si nos sentimos satisfechos con evitar la secesión de uno de nuestros territorios solo por el hecho de que a este no le convenga económicamente, si la realidad fuese que sus habitantes se sienten tan desagusto que quieren marcharse.

El profesor Sala i Martin lo expresaba del siguiente modo:

“Si la catástrofe es mayor si nos vamos que si no nos vamos, entonces no debemos marchar. Y cuando hablo de costes y beneficios no me refiero sólo a costes económicos….. Por lo tanto, el sentimiento catalán y español también entran en la balanza”.

Tras la multitudinaria manifestación que se produjo en la Diada de 2012, reuniendo en Barcelona a lo que dicen que fue un millón y medio de catalanes reclamando la independencia, el presidente de la Generalitat, el Sr. Artur Mas, decidió adelantar las elecciones autonómicas de Cataluña con la consulta secesionista en su programa. Pero el resultado de esas elecciones expresó fielmente la dicotomía de sentimientos que actualmente existe en la sociedad catalana. Los votos, que no los escaños, unionistas y soberanistas casi no se movieron de cómo se encontraban antes, se repartieron al 50% cada uno, pero se habían radicalizado. Antiguos soberanistas ahora se habían convertido en independentistas votando a ERC y los catalanes progresistas votaban ahora a los partidos más conservadores.

El ministro de exteriores José García-Margallo, hombre con fama de ser culto y moderado, expresó entonces: "podíamos habernos encontrado con un cáncer terminal y posiblemente nos hallamos ante una neumonía".

La pregunta a hacer es: ¿cuál es exactamente esa enfermedad de la que habla el ministro?.

Las estadísticas arrojan datos tan controvertidos que son difíciles de conciliar. El Barómetro del CEO (Centro de Estudios de Opinión de la Generalidat), indica que el 68,6% de la población catalana sigue sintiéndose española en mayor o menor grado. Aún así, el apoyo a la independencia ha pasado de ser algo residual en la historia reciente de Cataluña, para en los años 90 mostrar ya un apoyo del 30% en pregunta cerrada, y del 15% en abierta con más alternativas como la de un estado federal. Y estos porcentajes han aumentado exponencialmente desde el 2010 con el inicio de la crisis y tras la resolución del Tribunal Constitucional sobre el Estatut, y especialmente en 2012, tras la entrada en el gobierno del PP, de forma que en el 2013 el apoyo a la secesión era del 54,7% tanto en pregunta abierta como cerrada según el CEO.

Buena parte de la explicación de este apoyo a la independencia de la sociedad catalana está en la acción del aparato mediático que gestiona la Generalitat, 6 canales de televisión y cuatro de radio, dedicados a una propaganda goebbeleriana contra España que resulta indecente, y que ha pasado de listar dudosos agravios comparativos, a presentar como un ataque de España a Cataluña las decisiones del TC sobre el Estatut o sobre la inmersión lingüística, y de ahí a explicar su ruinosa situación económica como consecuencia  del hipotético robo que el Estado ejerce sobre ella. Y sin ocultar sus deseos, la Generalitat no ha dejado de alentar y subvencionar el independentismo.

La acción mediática contra España de la Generalitat ha llegado incluso a la promoción de un simposio histórico con el título “España contra Cataluña” que llevó a varios historiadores de peso nacional e internacional a pronunciarse contra la tergiversación histórica que este contenía; a escudriñar en el BOE buscando agravios históricos del Estado contra Cataluña, y finalmente a usar el asedio de Barcelona por las tropas borbónicas en 1714 como motivo del Christma navideño en las navidades de 2013-2014.

Todo esto ha llevado a buena parte de la población catalana a generar una fuerte aversión contra el Estado, especialmente en niños y adolescentes catalanes, que se han llegado a creer que son tierra conquistada, y que España aparece en la historia en 1714 tras la Guerra de Sucesión.

El nacionalismo catalán ha inculcado en el imaginario de los catalanes que España ha perseguido históricamente su lengua, que siempre han sido maltratados, que Cataluña desapareció como nación cuando en 1714 Felipe V abolió sus instituciones, y que siempre han anhelado su Estado y mayor autonomía.

Nada de todo esto parece ser demostrado por la historia, más bien todo lo contrario. La historia demuestra que los castellanos han pagado entre un 800% y 400% más impuestos que los catalanes en la época austracista, y hasta mediados del XIX todavía pagaban el doble que ellos y resto de reinos aragoneses, lo que arruino Castilla. El catalán tampoco ha sido prohibido por ley en su habla nunca, siquiera por Franco, aunque tradicionalmente no se ha educado en esta lengua en la misma línea que el resto de países europeos con respecto a sus lenguas regionales, pero hoy día solo se educa en catalán en Cataluña.

Cataluña, al contrario que Castilla, puede alardear de haber pertenecido siempre a Hispania, Iberia, Spania o España desde la aparición de cada uno de estos términos en la historia, el primero de ellos hace unos 2.800 años con los fenicios.

Los reyes dejaron de jurar las constituciones Catalanas, y las de cada uno de los reinos españoles, desde Carlos I en el 1.500. Casi no se reunían sus Cortes, y los catalanes aceptaban como todos los españoles las leyes de sus monarcas por encima de ninguna otra. La Generalitat e instituciones catalanas estaban bajo completo control de la monarquía tras la Guerra de Secesión catalana en 1640, que no fue más que una guerra civil en la misma Cataluña. Y la Guerra de Sucesión fue simplemente una lucha internacional sucesoria en la que los catalanes no luchaban ni mucho menos por mayor autogobierno, sino por el contrario, por tener más peso aún dentro de España.

Tras la abolición de sus instituciones en 1714 dando fin a la Guerra de Sucesión, y una vez
aparecido el concepto de nación actual con la revolución francesa, en el 1810 la política de Napoleón independizaba a Cataluña de España tras la invasión de sus tropas, instaurando el catalán como lengua co-oficial con la senyera colgando del balcón de la Generalitat. Los catalanes hicieron caso omiso, continuaron luchando junto al resto de sus compatriotas españoles por lo que entendían su nación, España, y en el 1812 se firmaría la primera constitución española, “La Pepa”, con la aprobación de varios políticos catalanes. Y en una época tan tardía como en 1893, Francesc Cambó escribiría: “En su conjunto, el catalanismo (…) tenía todo el carácter de una secta religiosa. Puede decirse que todos los catalanistas se conocían entre sí”. A lo que las palabras de Josep Pla añadirían: “Los catalanistas eran muy pocos. Cuatro gatos”. Por lo que difícilmente resulta creíble ese anhelo histórico de mayor autogobierno que pretende vender la Generalitat, matizando que el nivel de autogobierno del que hoy disfruta Cataluña ha sido el mayor en más de 300 años.

Sabido esto, y sin necesidad de recurrir a una historia tan lejana, no faltan actitudes desde el lado contrario, el gobierno central, que alienten el secesionismo en Cataluña. Tras la victoria por mayoría absoluta del PP en las elecciones del 20 de noviembre de 2011, cientos de simpatizantes del partido se aglutinaban frente a su sede de la calle Génova al grito de “Pujol (antiguo presidente de la Generalitat) enano habla castellano”. Diputados del mismo partido del PP recogían firmas por toda España tras la aprobación del Estatut catalán en 2006, para impugnar un buen número de artículos que los mismos luego votarían idénticos en otras autonomías como la andaluza y la valenciana. De hecho, artículos reprobados en el Estatut aún se mantienen vigentes en los estatutos de otras CCAA porque nadie los ha impugnado. Los catalanes aún recuerdan como uno de los históricos del PSOE, Alfonso Guerra, entonces presidente de la Comisión Constitucional del Congreso, se jactaba con la frase: "se ha cepillado" el Estatut catalán "como un carpintero".

La realidad es que existe una dinámica entre los gobiernos centrales y regionales, especialmente los más conservadores, de crispar a la población contra las pretensiones soberanistas o centralistas del contrario, solo por obtener rédito electoral atrayendo a los nacionalistas de cada lado, mientras tocan las fibras más sensibles de una población que aún mantiene presente las secuelas de una guerra civil que dividió a España en vencedores y vencidos.

Las hemerotecas de los diarios españoles están llenas de declaraciones de políticos catalanes enardeciendo tópicos sobre sectores poblacionales con los que se pueden explayar al no jugarse nada en ellos. Ejemplos son las acusaciones de vagos o subvencionados hacia los andaluces, o de rentistas hacia los castellanos, pueblos cuya economía fue dilapidada tanto por el franquismo como por los gobiernos liberales del XIX. Es famosa la frase escrita por el expresidentes de la Generalitat, Jordi Pujol, publicada en 1976: “El hombre andaluz no es un hombre coherente, es un hombre anárquico. Es un hombre destruido [...], es generalmente un hombre poco hecho”.

Pero también los políticos conservadores del gobierno central han usado constantemente el ataque a las pretensiones soberanistas de la Generalitat para atraer al voto nacionalista español. Un nacionalismo que aún hoy día se relaciona con la represión franquista que sufrieron aquellos españoles cultural e ideológicamente diferentes a esa idea de una España castellana, católica y conservadora que enaltecía el régimen. Y esa actitud beligerante contra el soberanismo no ha hecho más que mantener el odio y la analogía del gobierno español con el fascismo que existe en el imaginario de los catalanes aún vivos que fueron represaliados por la dictadura. Muchos catalanes aún recuerdan una infancia en la que fueron sometidos al castigo físico o al ridículo por expresarse en catalán en la escuela o la iglesia. Aún suenan en sus recuerdos frases como la del Gobernador militar Aymat en 1939: “¡Perros catalanes! ¡No sois dignos del sol que os alumbra!”, o los bombardeos de Barcelona, los peores propiciados por la aviación de los nacionales en la guerra civil para, como explicaba el General Queipo de Llano en emisión radiofónica (1936), convertir Barcelona en un inmenso solar.

Aunque la idea de los soberanistas catalanes es que la etapa del gobierno conservador del PP en España ,bajo el mandato de Aznar, implicó un ataque a lo catalán, lo que según estos justifica el incremento del secesionismo a partir de ese periodo, no estuvo marcado este por la crispación, sino más bien todo lo contrario. Paradójicamente ha sido este gobierno el que más concesiones ha ofrecido al soberanismo a través del Pacto del Majestic, firmado en el 1996. Se propició un nuevo sistema de financiación autonómico que incluyó la cesión del 33% de la recaudación del IRPF (antes era del 15%), del 35% del IVA (desde el 0% anterior) y del 40% de los impuestos especiales. También se realizaron importantes transferencias de competencias a la Generalidad, destacando las competencias de tráfico, justicia, educación, agricultura, cultura, farmacias, sanidad, empleo, puertos…. además de incrementar las inversiones del estado en Cataluña entre 1999 y 2004 una media del 33,32% anual.

La realidad es que lo único que puede justificar el incremento del independentismo en el periodo Aznar, fue el uso de una simbología claramente nacionalista española, como por ejemplo el levantamiento de una enorme bandera de la España democrática en la plaza Colón de Madrid, y la soberbia con la que actuó junto al gobierno de Reino Unido y los EE.UU. en la guerra de Irak. Por el resto no existió controversia importante contra la Generalitat, más que nada porque recibió su apoyo para gobernar en la primera etapa, además de ofrecer a Pujol la entrada en el gobierno central, a la que este rehusó. El propio Pujol, en sus memorias, agradeció públicamente al ex presidente del Gobierno las facilidades que le dio.

Más importante aún que la crispación generada por los gobiernos español y regionales en su lucha de poder, para cultivar los sentimientos secesionistas a lo largo de la transición, ha sido la ocultación a la sociedad española de todo lo acontecido en el periodo anterior. Aquella ley de Amnistía de 1977 firmada con la intención de perdonar todos los crímenes de guerra y del régimen, de forma que el ejercito no se sintiese amenazado por el proceso constituyente evitando así el riesgo de golpe de estado, no solo ha ocultado delitos contra la humanidad, sino que ha generado en buena parte de la sociedad española un sentimiento de injusticia, una deuda aún pendiente de saldar con España.

No solo aquella ley no logró enterrar los crímenes en el olvido, que los de la generación nacidos en democracia hemos conocido de boca de nuestros familiares en las diferentes versiones que cada uno quiso contar, sino que además el acceso libre a la información del mundo nos descubría una España en claro retraso con respecto a nuestros vecinos europeos. Y esto ha mantenido un sentimiento de desprecio y vergüenza hacia todo lo español en toda una nueva generación, que por un lado ha propiciado el maltrato a una España que por su historia no lo merece, y por otro ha dado alas al soberanismo para crear nuevas naciones que nunca antes existieron. Y aún a sabiendas de esto, el PP continua con la misma política de ocultación del pasado, dinamitando la ley de memoria histórica.

El conocimiento de la historia sirve a una nación enferma, como el ministro Margallo indicaba se encuentra España, como el historial clínico sirve a un paciente, describe y diagnostica su enfermedad.

Con seguridad, aquellos catalanes que hoy tildan de fascista a España solo por ser España, se sorprenderían al saber que los fascistas nacionalistas españoles fueron precedidos de fascistas nacionalistas catalanes, tanto de Esquerra como conservadores. Valentí Almirall en Lo catalanisme (1886), ya indicaba que existe una raza catalana, de origen ario-gótico, superior al resto de pueblos peninsulares, de raíces semíticas. Y Enric Prat de la Riba, el arquitecto del catalanismo político, expresaba que la «castellanización» de Cataluña sólo es «una costra sobrepuesta, una costra que se cuartea y salta, dejando salir intacta, inmaculada, la piedra indestructible de la raza”.

El historiador catalán Joan- Lluís Marfany, uno de los mejores conocedores de este periodo, explica que “el racismo los impregna a todos, como impregna toda la cultura de la época”.

Pero a los españoles nos cuesta aprender las lecciones de la historia. Quizás por una manía española, o por el dolor que entre nosotros nos hemos causado, tendemos a relegar la historia al olvido. Y como escribía el hispanista Gerald Brennan en su libro El laberinto español: "¿No es España, después de todo, el país en que la Historia -y de qué monótona manera- se repite una y otra vez?"

Así es, si ustedes piensan que lo que hoy vivimos con respecto a Cataluña tiene algo de nuevo, lamentablemente están equivocados. No es la primera ocasión en la historia de España en que las élites de poder catalanas provocan enorme inestabilidad en los periodos de su máxima debilidad: contamos una guerra civil catalana, la de los Segadores (1640-1652). Llevaron el conflicto internacional de la Guerra de Sucesión al interior de la península en 1704. Más tarde Cataluña sería uno de los focos de las guerras carlistas del s. XIX, uniendo a esto la inestabilidad política que provocaron en Cataluña a principios del s. XX. Si fuésemos más atrás en la historia encontraríamos otra guerra civil en Cataluña (1462–1472) perteneciendo a la Corona de Aragón, y la invasión árabe de la Spania visigoda provocada por el pacto con estos de los partidarios del sucesor depuesto de la Tarraconensis, para arrebatar el trono al rey lusitano coronado bajo extrañas circunstancias por los nobles godos.

Para los que ya estén dejando volar su imaginación por entender constatados los deseos secesionistas de Cataluña en la historia, les digo que más bien estos demuestran lo contrario: Una historia de miles de años juntos, en los que las élites catalanas no han dejado de anhelar un mayor poder dentro de España, y los dos únicos intentos secesionistas constatados por la historia fueron propiciados unilateralmente por sus gobernantes, uno perteneciendo a la Corona de Aragón y otro a la española, para evitarse el enfrentamiento con una parte de la población catalana a la que tenían expoliada, provocando además sendas guerras civiles dentro de Cataluña.

Mejor haríamos todos los españoles, catalanes incluidos, en hacer un repaso a nuestra historia, pues todos los enfrentamientos que hemos tenido entre nosotros no han hecho más que arruinarnos en contra de nuestros vecinos europeos, para después continuar juntos como siempre hemos estado.

Los reinos peninsulares se unieron entre sí por necesidades mutuas. El prestigioso historiador catalán Jaume Vicens Vives, que corría delante de los “grises” en los 60, nos lo explicaba con claridad:

« Entre unos y otros se anudaron entonces tantas relaciones que era imposible su subsistencia en la forma política consagrada en el siglo XII. Magnates castellanos y aragoneses cruzan las fronteras y se instalan en el corazón de los problemas políticos de los vecinos; buques vizcaínos y andaluces constituyen el equipo ligero de la navegación catalana y mallorquina de este periodo; y ante las arremetidas francesas son los barceloneses los primeros que se ilusionan con las lanzas castellanas que su príncipe heredero podrá traer de Segovia. La monarquía del Renacimiento se está gestando en la Península —gestándose con signo castellano no por videncia mística, sino por el simple empirismo de su demografía en auge, de la libertad de acción que reivindica su realeza, y de los recursos que, a pesar de la contracción, continúan proporcionándole los rebaños transhumantes de la Mesta—.»

Como indica toda la historiografía proporcionada por autores extranjeros y nacionales imparciales, siempre hemos estado unidos, complementándonos unos a otros. En este mundo aparte tras los Pirineos, los castellanos ponían el producto: los cereales de la meseta, la lana de la mesta, o el algodón y productos de América. Se manufacturaban y vendían por Cataluña, tanto a España como al extranjero. Del transporte de todo ello se encargaban navieros vascos a través de navíos mercantes que estos mismos construían en Vizcaya. Pero en periodos de crisis, como ya indicaba Cánovas del Castillo, solo "son españoles los que no pueden ser otra cosa".

Decía Gerald Brennan que "como demuestra claramente la historia, España ha existido únicamente como nación cuando se sintió bajo la influencia de una gran idea o impulso; tan pronto como declinaba esa idea, los átomos de la molécula se separaban y empezaban a vibrar y a chocar unos con otros. Lo vemos por primera vez en tiempo de Augusto, cuando la civilización romana sometió a las belicosas tribus íberas. Apenas acabada la conquista, España hizo suya la idea de Roma, en una medida jamás lograda por la Galia, y automáticamente empezó a producir generales, emperadores, filósofos y poetas, hasta el punto de que Italia llegó a parecer una simple provincia de España”.

Lo hicimos con los romanos, y lo volvimos a hacer con los Austrias. Mucho de lo que hoy día es nuestro mundo se le debe a España. Por siglos hicimos la Europa que a los españoles nos convino, y mucho de lo que hoy día es Europa a los españoles se lo debe. Descubrimos América, y cierto es que casi aniquilamos a toda su población. Pero solo 50 años tras el descubrimiento, figuras como Fray Bartolome de las Casas y Francisco de Vitoria conseguían la prohibición de la esclavitud de los indios, su libertad y protección por la Corona. Estos son considerados hoy en día como los fundadores del derecho internacional moderno.

Cataluña se enfrenta de nuevo hoy al resto de España, ajena a su historia, e ilusionada por vivir mejor como estado independiente al amparo de la UE. Pedía recientemente el president Mas que "España tenga un proyecto atractivo para Catalunya", si realmente quiere que se queden. Habría que recordarle al Sr. Mas que a España no se le puede pedir nada, pues no es más que un trozo de tierra que solo puede ofrecer la historia de sus gentes, y en esto ya ha ofrecido mucho más de lo que cualquier habitante de este mundo podría desear. Más lógico sería que pidiese a todos los que gocen de alguna influencia, él incluido, que piensen en una una gran idea o impulso” que proyecte una España con cabida para todos sus pueblos antes de inventarse nuevas naciones.

La rivalidad entre nacionalistas españoles y catalanes no es más que una representación de la dicotomía que existe entre dos caras de una misma España. Dos visiones distintas de esta que podría simplificarse en el deseo de cada español de conseguir mayor homogeneidad o heterogeneidad entre sus regiones y pueblos. Una rivalidad histórica entre ambas percepciones, cuya falta de entendimiento ya ha ocasionado suficientes problemas, y que ha ocupado, y ocupa, buena parte de la vida política española, apareciendo incluso en la vida cotidiana de los españoles en versión futbolística como la rivalidad entre Madrid y el Barsa. Dos percepciones sobre las cuales los españoles destinamos los tópicos de nuestro imaginario nacional a uno y otro lado bajo criterios que acostumbran ser poco objetivos.

Si aún a día de hoy esa rivalidad histórica no permite crear una España en la que todos nos sintamos cómodos unidos en una nación fuerte, respetando a todos sus pueblos, y si los deseos de ser diferentes de unos son irreconciliables con los deseos de ser iguales de otros, lo mejor será que dejemos marchar a los que quieran marcharse.

Una marcha que implicará la misma tristeza que una familia siente cuando un hermano que se va de casa para no volver nunca más. Cuya consecuencia para el que marcha es la privación de lo que en casa disponía, y para los que se quedan de lo que su hermano les daba. Quizás, ante la inminente salida de un hermano, finalmente nos demos cuenta que, aún siendo complicada la convivencia, mucho nos costará vivir separados. Y sobre todo que una nación es lo suficientemente grande, como para tener la libertad y el cobijo necesarios para no necesitar marcharse.